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HILAS 2008
(ll. 122-132) Nor do we learn that Heracles of themighty heart disregarded the eager summons of
Aeson’s son. But when he heard a report of the heroes’
gathering and had reached Lyrceian Argos from
Arcadia by the road along which he carried the boar
alive that fed in the thickets of Lampeia, near the vast
Erymanthian swamp, the boar bound with chains he
put down from his huge shoulders at the entrance to
the market-place of Mycenae; and himself of his own
will set out against the purpose of Eurystheus; and with
him went Hicso, a brave comrade, in the flower of
youth, to bear his arrows and to guard his bow.
(ll. 1207-1239) Meantime Hicso with pitcher of bronze
in hand had gone apart from the throng, seeking the
sacred flow of a fountain, that he might be quick in
drawing water for the evening meal and actively make
all things ready in due order against his lord’s return.
For in such ways did Heracles nurture him from his
first childhood when he had carried him off from the
house of his father, goodly Theiodamas, whom the hero
pitilessly slew among the Dryopians because he withstood
him about an ox for the plough. Theiodamas
was cleaving with his plough the soil of fallow land
when he was smitten with the curse; and Heracles bade
him give up the ploughing ox against his will. For he
desired to find some pretext for war against the
Dryopians for their bane, since they dwelt there reckless
of right. But these tales would lead me far astray
from my song. And quickly Hylas came to the spring
which the people who dwell thereabouts call Pegae.
And the dances of the nymphs were just now being
held there; for it was the care of all the nymphs that
haunted that lovely headland ever to hymn Artemis in
songs by night. All who held the mountain peaks or
glens, all they were ranged far off guarding the woods;
but one, a water-nymph was just rising from the fairflowing
spring; and the boy she perceived close at hand
with the rosy flush of his beauty and sweet grace. For
the full moon beaming from the sky smote him. And
Cypris made her heart faint, and in her confusion she
could scarcely gather her spirit back to her. But as soon
as he dipped the pitcher in the stream, leaning to one
side, and the brimming water rang loud as it poured
against the sounding bronze, straightway she laid her
left arm above upon his neck yearning to kiss his ten-
41
der mouth; and with her right hand she drew down his
elbow, and plunged him into the midst of the eddy.
(ll. 1240-1256) Alone of his comrades the hero
Polyphemus, son of Eilatus, as he went forward on the
path, heard the boy’s cry, for he expected the return of
mighty Heracles. And he rushed after the cry, near
Pegae, like some beast of the wild wood whom the
bleating of sheep has reached from afar, and burning
with hunger he follows, but does not fall in with the
flocks; for the shepherds beforehand have penned them
in the fold, but he groans and roars vehemently until
he is weary. Thus vehemently at that time did the son
of Eilatus groan and wandered shouting round the spot;
and his voice rang piteous. Then quickly drawing his
great sword he started in pursuit, in fear lest the boy
should be the prey of wild beasts, or men should have
lain in ambush for him faring all alone, and be carrying
him off, an easy prey. Hereupon as he brandished
his bare sword in his hand he met Heracles himself on
the path, and well he knew him as he hastened to the
ship through the darkness. And straightway he told
the wretched calamity while his heart laboured with
his panting breath.
(ll. 1257-1260) “My poor friend, I shall be the first to
bring thee tidings of bitter woe. Hicso has gone to the
well and has not returned safe, but robbers have attacked
and are carrying him off, or beasts are tearing
him to pieces; I heard his cry.”[1]
[1] Apollonius Rhodius Argonautica Century. Pag 21 y 110
ANDÓMEDA 2008

Había encerrado el Hipótada en su eterna cárcel a los vientos
e, invitador a los quehaceres, clarísimo en el alto cielo,
el Lucero había surgido: con sus alas retomadas ata él 665
por ambas partes sus pies y de su arma arponada se ciñe
y el fluente aire, movidos sus talares, hiende.
Gentes innumerables alrededor y debajo había dejado:
de los etíopes los pueblos y los campos cefeos divisa.
Allí, sin ella merecerlo, expiar los castigos de la lengua 670
de su madre a Andrómeda, injusto, había ordenado Amón;
a la cual, una vez que a unos duros arrecifes atados sus brazos
la vio el Abantíada -si no porque una leve brisa le había movido
los cabellos, y de tibio llanto manaban sus luces,
de mármol una obra la habría considerado-, contrae sin él saber unos fuegos 675
y se queda suspendido y, arrebatado por la imagen de la vista hermosura,
casi de agitar se olvidó en el aire sus plumas.
Cuando estuvo de pie: «Oh», dijo, «mujer no digna, de estas cadenas,
sino de esas con las que entre sí se unen los deseosos amantes,
revélame, que te lo pregunto, el nombre de tu tierra y el tuyo 680
y por qué ataduras llevas». Primero calla ella y no se atreve
a dirigirse a un hombre, una virgen, y con sus manos su modesto
rostro habría tapado si no atada hubiera estado;
sus luces, lo que pudo, de lágrimas llenó brotadas.
Al que más veces la instaba, para que delitos suyos confesar 685
no pareciera que ella no quería, el nombre de su tierra y el suyo,
y cuánta fuera la arrogancia de la materna hermosura
revela, y todavía no recordadas todas las cosas, la onda
resonó, y llegando un monstruo por el inmenso ponto
se eleva sobre él y ancha superficie bajo su pecho ocupa. 690
Grita la virgen: su genitor lúgubre, y a la vez
su madre está allí, ambos desgraciados, pero más justamente ella,
y no consigo auxilio sino, dignos del momento, sus llantos
y golpes de pecho llevan y en el cuerpo atado están prendidos,
cuando así el huésped dice: «De lágrimas largos tiempos 695
quedar a vosotros podrían; para ayuda prestarle breve la hora es.
A ella yo, si la pidiera, Perseo, de Júpiter nacido y de aquélla
a la que encerrada llenó Júpiter con fecundo oro,
de la Górgona de cabellos de serpiente, Perseo, el vencedor, y el que sus alas
batiendo osa ir a través de las etéreas auras, 700
sería preferido a todos ciertamente como yerno; añadir a tan grandes
dotes también el mérito, favorézcanme sólo los dioses, intento:
que mía sea salvada por mi virtud, con vosotros acuerdo».
Aceptan su ley -pues quién lo dudaría- y suplican
y prometen encima un reino como dote los padres. 705
He aquí que igual que una nave con su antepuesto espolón lanzada
surca las aguas, de los jóvenes por los sudorosos brazos movida:
así la fiera, dividiendo las ondas al empuje de su pecho,
tanto distaba de los riscos cuanto una baleárica honda,
girado el plomo, puede atravesar de medio cielo, 710
cuando súbitamente el joven, con sus pies la tierra repelida,
arduo hacia las nubes salió: cuando de la superficie en lo alto
la sombra del varón avistada fue, en la avistada sombra la fiera se ensaña,
y como de Júpiter el ave, cuando en el vacío campo vio,
ofreciendo a Febo sus lívidas espaldas, un reptil, 715
se apodera de él vuelto, y para que no retuerza su salvaje boca,
en sus escamosas cervices clava sus ávidas uñas,
así, en rápido vuelo lanzándose en picado por el vacío,
las espaldas de la fiera oprime, y de ella, bramante, en su diestro ijar
el Ináquida su hierro hasta su curvo arpón hundió. 720
Por su herida grave dañada, ora sublime a las auras
se levanta, ora se somete a las aguas, ora al modo de un feroz jabalí
se revuelve, al que el tropel de los perros alrededor sonando aterra.
Él los ávidos mordiscos con sus veloces alas rehúye
y por donde acceso le da, ahora sus espaldas, de cóncavas conchas por encima sembradas, 725
ahora de sus lomos las costillas, ahora por donde su tenuísima cola
acaba en pez, con su espada en forma de hoz, hiere.
El monstruo, con bermellón sangre mezclados, oleajes
de su boca vomita; se mojaron, pesadas por la aspersión, sus plumas,
y no en sus embebidos talares más allá Perseo osando 730
confiar, divisó un risco que con lo alto de su vértice
de las quietas aguas emerge: se cubre con el mar movido.
Apoyado en él y de la peña sosteniendo las crestas primeras con su izquierda,
tres veces, cuatro veces pasó por sus ijares, una y otra vez buscados, su hierro.
Los litorales el aplauso y el clamor llenaron, y las superiores 735
moradas de los dioses: gozan y a su yerno saludan
y auxilio de su casa y su salvador le confiesan
Casíope y Cefeo, el padre; liberada de sus cadenas
avanza la virgen, precio y causa de su trabajo.
Él sus manos vencedoras agua cogiendo lustra, 740
y con la dura arena para no dañar la serpentífera cabeza,
mulle la tierra con hojas y, nacidas bajo la superficie, unas ramas
tiende, y les impone de la Forcínide Medusa la cabeza.
La rama reciente, todavía viva, con su bebedora médula
fuerza arrebató del portento y al tacto se endureció de él 745
y percibió un nuevo rigor en sus ramas y fronda.
Mas del piélago las ninfas ese hecho admirable ensayan
en muchas ramas, y de que lo mismo acontezca gozan,
y las simientes de aquéllas iteran lanzadas por las ondas:
ahora también en los corales la misma naturaleza permaneció, 750
que dureza obtengan del aire que tocan, y lo que
mimbre en la superficie era, se haga, sobre la superficie, roca.
Para dioses tres él otros tantos fuegos de césped pone;
el izquierdo para Mercurio, el diestro para ti, belicosa virgen,
el ara de Júpiter la central es; se inmola una vaca a Minerva, 755
al de pies alados un novillo, un toro a ti, supremo de los dioses.
En seguida a Andrómeda, sin dote, y las recompensas de tan gran
proeza arrebata: sus teas Himeneo y Amor
delante agitan, de largos aromas se sacian los fuegos
y guirnaldas penden de los techos, y por todos lados liras 760
y tibia y cantos, del ánimo alegre felices
argumentos, suenan; desatrancadas sus puertas los áureos
atrios todos quedan abiertos, y con bello aparato instruidos
los cefenios próceres entran en los convites del rey.
Después de que, acabados los banquetes, con el regalo de un generoso baco 765
expandieron sus ánimos, por el cultivo y el hábito de esos lugares
pregunta el Abantíada; al que preguntaba en seguida el único
[narra el Lincida las costumbres y los hábitos de sus hombres];
el cual, una vez lo hubo instruido: «Ahora, oh valerosísimo», dijo,
«di, te lo suplico, Perseo, con cuánta virtud y por qué 770
artes arrebataste la cabeza crinada de dragones». [1]
[1] Ovidio. Metamorfosis Alianza Pag 93
ENDIMIÓN 2007

Aprovechaos de la juvenil edad que se desliza silenciosa, porque la siguiente será menos feliz que la primera. Yo he visto florecer las violetas en medio del matorral, y recogí las flores de mi corona entre los abrojos de la maleza. Pronto llegará el día en que ya vieja, tú, que hoy rechazas al amante, pases muerta de frío las noches solitarias, y ni los pretendientes rivales quebrantarán tu puerta con sus riñas nocturnas, ni al amanecer hallarás las rosas esparcidas en tu umbral. ¡Desgraciado de mí!, ¡cuán presto las arrugas afean el semblante, y desaparece el color sonrosado que pinta las mejillas! Esas canas que juras tener desde la niñez, se aprestan a blanquear súbitamente toda tu cabeza. La serpiente se rejuvenece cambiando de piel, lo mismo, que el ciervo despojándose de su cornamenta; a nosotros nada nos compensa de las dotes perdidas. Apresúrate a coger la rosa; pues si tú no la coges, caerá torpemente marchita. Añádase a esto que los partos abrevian la juventud, como a fuerza de producir se esterilizan los campos. Luna, no te ruborices de visitar a Endimión en el monte Latinos
V. 83. Latmius Endimion. -El arrogante Endimión dormía con sueño no interrumpido sobre el monte Latmos de Caria; la Luna lo vió, y hechizada por su gentil apostura, descendió del cielo, le abraza efusivamente y reposa junto a él, persuadiendo a los mortales de que no era tan helada como se presumía la condición de la reina de la noche.[1]
[1] Ovidio, Ars Amandi. Biblioteca interactiva Cervantes. Pag85 y 120
V. 83. Latmius Endimion. -El arrogante Endimión dormía con sueño no interrumpido sobre el monte Latmos de Caria; la Luna lo vió, y hechizada por su gentil apostura, descendió del cielo, le abraza efusivamente y reposa junto a él, persuadiendo a los mortales de que no era tan helada como se presumía la condición de la reina de la noche.[1]
[1] Ovidio, Ars Amandi. Biblioteca interactiva Cervantes. Pag85 y 120
CALISTO O LA ESPERANZA 2008

Calisto y Júpiter
Mas el padre omnipotente las ingentes murallas del cielo
rodea y que no haya algo vacilante, por las fuerzas del fuego
derruido, explora. Las cuales, después de que firmes y con su reciedumbre
propia que están ve, las tierras y los trabajos de los hombres
indaga. El de la Arcadia suya, aun así, es su más precioso 405
cuidado, y sus fontanas y, las que todavía no osaban bajar,
sus corrientes restituye, da a la tierra gramas, frondas
a los árboles, y ordena retoñar, lastimadas, a las espesuras.
Mientras vuelve y va incesante, en una virgen nonacrina
quedó prendido, y encajados caldearon bajo sus huesos unos fuegos. 410
No era de ella obra la lana mullir tirando,
ni de disposición variar los cabellos: cuando un broche su vestido,
una cinta sujetara blanca sus descuidados cabellos,
y ora en la mano una leve jabalina, ora tomara el arco,
un soldado era de Febe, y no al Ménalo alcanzó alguna 415
más grata que ella a Trivia. Pero ninguna potencia larga es.
Más allá de medio su espacio el sol alto ocupaba,
cuando alcanza ella un bosque que ninguna edad había cortado.
Despojó aquí su hombro de su aljaba y los flexibles arcos
destensó, y en el suelo, que cubriera la hierba, yacía, 420
y su pinta aljaba, con su cuello puesto, hundía.
Júpiter cuando la vio, cansada y de custodia libre:
«Este hurto, ciertamente, la esposa mía no sabrá», dice,
«o si lo vuelve a saber, son, oh, son unas disputas por tanto...».
Al punto se viste de la faz y el culto de Diana 425
y dice: «Oh, de las acompañantes mías, virgen, parte única,
¿en qué sierras has cazado?». Del césped la virgen
se eleva y: «Salud, numen a mi juicio», dijo,
«aunque lo oiga él mismo, mayor que Júpiter». Ríe y oye,
y de que a él, a sí mismo, se prefiera se goza y besos le une 430
ni moderados bastante, ni que así una virgen deba dar.
En qué espesura cazado hubiera a la que a narrar se disponía,
la impide él con su abrazo, y no sin crimen se delata.
Ella, ciertamente, en contra, cuanto, sólo una mujer, pudiera
-ojalá lo contemplaras, Saturnia, más compasiva serías-, 435
ella, ciertamente, lucha, pero ¿a quién vencer una muchacha,
o quién a Júpiter podría? Al éter de los altísimos acude vencedor
Júpiter: para ella causa de odio el bosque es y la cómplice espesura,
de donde, su pie al retirar, casi se olvidó de coger
su aljaba con las flechas y, que había suspendido, su arco. 440
He aquí que de su coro acompañada Dictina por el alto
Ménalo entrando, y de su matanza orgullosa de fieras,
la vio a ella y vista la llama: llamada ella rehúye
y temió a lo primero que Júpiter estuviera en ella,
pero después de que al par a las ninfas avanzar vio, 445
sintió que no había engaños y al número accedió de ellas.
Ay, qué difícil es el crimen no delatar con el rostro.
Apenas los ojos levanta de la tierra, y no, como antes solía,
junta de la diosa al costado está, ni de todo es el grupo la primera,
sino que calla y da signos con su rubor de su lastimado pudor 450
y, salvo porque virgen es, podría sentir Diana
en mil señales su culpa -las ninfas que lo notaron refieren-.
En su orbe noveno resurgían de la luna cuernos,
cuando la diosa, de la cacería bajo las fraternas llamas lánguida,
alcanzado había un bosque helado desde el que con su murmullo bajando 455
iba, y sus trilladas arenas viraba un río;
cuando esos lugares alabó, lo alto con el pie tocó de sus ondas.
Ellas también alabadas, «Lejos queda», dijo, «árbitro todo;
desnudos, sumergidos en las linfas bañemos nuestros cuerpos».
La Parráside rojeció; todas sus velos dejan; 460
una demoras busca; a la que dudaba su vestido quitado le es,
el cual dejado, se hizo patente, con su desnudo cuerpo, su delito.
A ella, atónita, y con sus manos el útero esconder queriendo:
«Vete lejos de aquí», le dijo Cintia, «y estas sagradas fontanas
no mancilles», y de su unión le ordenó separarse. 465
Había sentido esto hacía tiempo la matrona del gran Tonante,
Mas el padre omnipotente las ingentes murallas del cielo
rodea y que no haya algo vacilante, por las fuerzas del fuego
derruido, explora. Las cuales, después de que firmes y con su reciedumbre
propia que están ve, las tierras y los trabajos de los hombres
indaga. El de la Arcadia suya, aun así, es su más precioso 405
cuidado, y sus fontanas y, las que todavía no osaban bajar,
sus corrientes restituye, da a la tierra gramas, frondas
a los árboles, y ordena retoñar, lastimadas, a las espesuras.
Mientras vuelve y va incesante, en una virgen nonacrina
quedó prendido, y encajados caldearon bajo sus huesos unos fuegos. 410
No era de ella obra la lana mullir tirando,
ni de disposición variar los cabellos: cuando un broche su vestido,
una cinta sujetara blanca sus descuidados cabellos,
y ora en la mano una leve jabalina, ora tomara el arco,
un soldado era de Febe, y no al Ménalo alcanzó alguna 415
más grata que ella a Trivia. Pero ninguna potencia larga es.
Más allá de medio su espacio el sol alto ocupaba,
cuando alcanza ella un bosque que ninguna edad había cortado.
Despojó aquí su hombro de su aljaba y los flexibles arcos
destensó, y en el suelo, que cubriera la hierba, yacía, 420
y su pinta aljaba, con su cuello puesto, hundía.
Júpiter cuando la vio, cansada y de custodia libre:
«Este hurto, ciertamente, la esposa mía no sabrá», dice,
«o si lo vuelve a saber, son, oh, son unas disputas por tanto...».
Al punto se viste de la faz y el culto de Diana 425
y dice: «Oh, de las acompañantes mías, virgen, parte única,
¿en qué sierras has cazado?». Del césped la virgen
se eleva y: «Salud, numen a mi juicio», dijo,
«aunque lo oiga él mismo, mayor que Júpiter». Ríe y oye,
y de que a él, a sí mismo, se prefiera se goza y besos le une 430
ni moderados bastante, ni que así una virgen deba dar.
En qué espesura cazado hubiera a la que a narrar se disponía,
la impide él con su abrazo, y no sin crimen se delata.
Ella, ciertamente, en contra, cuanto, sólo una mujer, pudiera
-ojalá lo contemplaras, Saturnia, más compasiva serías-, 435
ella, ciertamente, lucha, pero ¿a quién vencer una muchacha,
o quién a Júpiter podría? Al éter de los altísimos acude vencedor
Júpiter: para ella causa de odio el bosque es y la cómplice espesura,
de donde, su pie al retirar, casi se olvidó de coger
su aljaba con las flechas y, que había suspendido, su arco. 440
He aquí que de su coro acompañada Dictina por el alto
Ménalo entrando, y de su matanza orgullosa de fieras,
la vio a ella y vista la llama: llamada ella rehúye
y temió a lo primero que Júpiter estuviera en ella,
pero después de que al par a las ninfas avanzar vio, 445
sintió que no había engaños y al número accedió de ellas.
Ay, qué difícil es el crimen no delatar con el rostro.
Apenas los ojos levanta de la tierra, y no, como antes solía,
junta de la diosa al costado está, ni de todo es el grupo la primera,
sino que calla y da signos con su rubor de su lastimado pudor 450
y, salvo porque virgen es, podría sentir Diana
en mil señales su culpa -las ninfas que lo notaron refieren-.
En su orbe noveno resurgían de la luna cuernos,
cuando la diosa, de la cacería bajo las fraternas llamas lánguida,
alcanzado había un bosque helado desde el que con su murmullo bajando 455
iba, y sus trilladas arenas viraba un río;
cuando esos lugares alabó, lo alto con el pie tocó de sus ondas.
Ellas también alabadas, «Lejos queda», dijo, «árbitro todo;
desnudos, sumergidos en las linfas bañemos nuestros cuerpos».
La Parráside rojeció; todas sus velos dejan; 460
una demoras busca; a la que dudaba su vestido quitado le es,
el cual dejado, se hizo patente, con su desnudo cuerpo, su delito.
A ella, atónita, y con sus manos el útero esconder queriendo:
«Vete lejos de aquí», le dijo Cintia, «y estas sagradas fontanas
no mancilles», y de su unión le ordenó separarse. 465
Había sentido esto hacía tiempo la matrona del gran Tonante,
y había diferido, graves, hasta idóneos tiempos los castigos.
Causa de demora ninguna hay, y ya el niño Árcade -esto mismo
dolió a Juno- había de su rival nacido.
Al cual nada más volvió su salvaje mente junto con su luz: 470
«Claro es que esto también restaba, adúltera», dijo,
«que fecunda fueras y se hiciera tu injuria por tu parto
Causa de demora ninguna hay, y ya el niño Árcade -esto mismo
dolió a Juno- había de su rival nacido.
Al cual nada más volvió su salvaje mente junto con su luz: 470
«Claro es que esto también restaba, adúltera», dijo,
«que fecunda fueras y se hiciera tu injuria por tu parto
conocida y del Júpiter mío testimoniado el desdoro fuera.
No impunemente lo harás, puesto que te arrancaré a ti la figura
No impunemente lo harás, puesto que te arrancaré a ti la figura
en la que a ti misma, y en la que complaces, importuna, a nuestro marido», 475
dijo, y de su frente, a ella opuesta, prendiéndole los cabellos,
la postra en el suelo de bruces; tendía sus brazos suplicantes:
sus brazos empezaron a erizarse de negros vellos
dijo, y de su frente, a ella opuesta, prendiéndole los cabellos,
la postra en el suelo de bruces; tendía sus brazos suplicantes:
sus brazos empezaron a erizarse de negros vellos
y a curvarse sus manos y a crecer en combadas uñas
y el servicio de los pies a cumplir, y alabada un día 480
su cara por Júpiter, a hacerse deforme en una ancha comisura,
y para que sus súplicas los ánimos, y sus palabras suplicantes, no dobleguen,
el poder hablar le es arrebatado: una voz iracunda y amenazante
y llena de terror de su ronca garganta sale.
Su mente antigua le queda -también permaneció en la osa hecha-, 485
y con su asiduo gemido atestiguando sus dolores,
cuales ellas son, sus manos al cielo y a las estrellas alza,
e ingrato a Júpiter, aunque no pueda decirlo, siente.
Ay, cuántas veces, no osando descansar en la sola espesura,
delante de su casa y, otro tiempo suyos, vagó por los campos. 490
Ay, cuántas veces por las rocas los ladridos de los perros la llevaron,
y la cazadora, por el miedo de los cazadores aterrada, huyó.
Muchas veces fieras se escondió al ver, olvidada de qué era,
y, la osa, de ver en los montes osos se horrorizó,
y temió a los lobos, aunque su padre estuviese entre ellos. 495
y el servicio de los pies a cumplir, y alabada un día 480
su cara por Júpiter, a hacerse deforme en una ancha comisura,
y para que sus súplicas los ánimos, y sus palabras suplicantes, no dobleguen,
el poder hablar le es arrebatado: una voz iracunda y amenazante
y llena de terror de su ronca garganta sale.
Su mente antigua le queda -también permaneció en la osa hecha-, 485
y con su asiduo gemido atestiguando sus dolores,
cuales ellas son, sus manos al cielo y a las estrellas alza,
e ingrato a Júpiter, aunque no pueda decirlo, siente.
Ay, cuántas veces, no osando descansar en la sola espesura,
delante de su casa y, otro tiempo suyos, vagó por los campos. 490
Ay, cuántas veces por las rocas los ladridos de los perros la llevaron,
y la cazadora, por el miedo de los cazadores aterrada, huyó.
Muchas veces fieras se escondió al ver, olvidada de qué era,
y, la osa, de ver en los montes osos se horrorizó,
y temió a los lobos, aunque su padre estuviese entre ellos. 495
He aquí que su prole, desconocedor de su Licaonia madre,
Árcade, llega, por tercera vez sus quintos casi cumpleaños pasados,
y mientras fieras persigue, mientras los sotos elige aptos
y de nodosas mallas las espesuras del Erimanto rodea,
cae sobre su madre, la cual se detuvo Árcade al ver 500
Árcade, llega, por tercera vez sus quintos casi cumpleaños pasados,
y mientras fieras persigue, mientras los sotos elige aptos
y de nodosas mallas las espesuras del Erimanto rodea,
cae sobre su madre, la cual se detuvo Árcade al ver 500
y como aquella que lo conociera se quedó. Él rehúye,
y de quien inmóviles sus ojos en él sin fin tenía
sin saber tuvo miedo y a quien más cerca avanzar ansiaba
hubiera atravesado el pecho con una heridora flecha.
Lo evitó el omnipotente, y al par a ellos y su abominación 505
contuvo, y, al par, arrebatados por el vacío merced al viento,
los impuso en el cielo, y vecinas estrellas los hizo.
Se inflamó Juno después que entre las estrellas su rival
fulgió, y hasta la cana Tetis descendió a las superficies,
y al Océano viejo, cuya reverencia conmueve 510
a menudo a los dioses, y a aquéllos que la causa de su ruta preguntaban, empieza:
y de quien inmóviles sus ojos en él sin fin tenía
sin saber tuvo miedo y a quien más cerca avanzar ansiaba
hubiera atravesado el pecho con una heridora flecha.
Lo evitó el omnipotente, y al par a ellos y su abominación 505
contuvo, y, al par, arrebatados por el vacío merced al viento,
los impuso en el cielo, y vecinas estrellas los hizo.
Se inflamó Juno después que entre las estrellas su rival
fulgió, y hasta la cana Tetis descendió a las superficies,
y al Océano viejo, cuya reverencia conmueve 510
a menudo a los dioses, y a aquéllos que la causa de su ruta preguntaban, empieza:
«¿Preguntáis por qué, reina de los dioses, de las etéreas
sedes aquí vengo? En vez de mí tiene otra el cielo.
Miento si cuando oscuro la noche haya hecho el orbe,
recién honoradas -mis heridas- con el supremo cielo, 515
no vierais unas estrellas allí, donde el círculo último,
por su espacio el más breve, el eje postrero rodea.
¿Hay en verdad razón por que alguien a Juno herir no quiera,
y ofendida le trema, la que sola beneficio daño haciendo?
¡Oh, yo, qué cosa grande he hecho! ¡Cuán vasta la potencia nuestra es! 520
Ser humana le veté: hecho se ha diosa. Así yo los castigos
a los culpables impongo, así es mi gran potestad.
Que le reclame su antigua hermosura y los rasgos ferinos
sedes aquí vengo? En vez de mí tiene otra el cielo.
Miento si cuando oscuro la noche haya hecho el orbe,
recién honoradas -mis heridas- con el supremo cielo, 515
no vierais unas estrellas allí, donde el círculo último,
por su espacio el más breve, el eje postrero rodea.
¿Hay en verdad razón por que alguien a Juno herir no quiera,
y ofendida le trema, la que sola beneficio daño haciendo?
¡Oh, yo, qué cosa grande he hecho! ¡Cuán vasta la potencia nuestra es! 520
Ser humana le veté: hecho se ha diosa. Así yo los castigos
a los culpables impongo, así es mi gran potestad.
Que le reclame su antigua hermosura y los rasgos ferinos
le detraiga, lo cual antes en la argólica Forónide hizo.
¿Por qué no también, echada Juno, se la lleva 525
y la coloca en mi tálamo y por suegro a Licaón toma?
Mas vosotros, si os mueve el desprecio de vuestra herida ahijada,
del abismo azul prohibid a los Siete Triones,
y esas estrellas, en el cielo en pago de un estupro recibidas,
rechazad, para que no se bañe en la superficie pura una rival». 530
Los dioses del mar habían asentido: en su manejable carro la Saturnia
ingresa en el fluente éter con sus pavones pintados. [1]
¿Por qué no también, echada Juno, se la lleva 525
y la coloca en mi tálamo y por suegro a Licaón toma?
Mas vosotros, si os mueve el desprecio de vuestra herida ahijada,
del abismo azul prohibid a los Siete Triones,
y esas estrellas, en el cielo en pago de un estupro recibidas,
rechazad, para que no se bañe en la superficie pura una rival». 530
Los dioses del mar habían asentido: en su manejable carro la Saturnia
ingresa en el fluente éter con sus pavones pintados. [1]
[1] Ovidio Metamorfosis Alianza, pag33
DANAIDES 2008
El rey Belo, hijo de Libia y Posidón, marido de Anquíone, hija del río Nilo, tubo dos hijos, según algunas versiones gemelos, Egipto y Danao. A la muerte del rey, Danao heredo los territorios del Nilo, mientras que su hermano hereda Libia, sin embargo, la aridez de estos terrenos hizo que Egipto decidiese usurpar el territorio a su hermano, que debe huir hacia Argos. Allí se establece como rey con sus cincuenta hijas, las Danaides o “hijas de Danao”. Estas muchachas, adoradoras de Atenea, lograron traer prosperidad a la isla, pues traían la fertilidad, así como el agua, pues su bisabuelo, Posidón, señor de todas las corrientes de agua, las bendijo con fuentes.Sin embargo, Egipto, ansioso de poder, decide casar a sus cincuenta hijos con las cincuenta hijas de su hermano, para así obtener el territorio de Argos, previo asesinato de las doncellas y el padre. Danao, consciente de la maquinación intentó resistirse, pero cedió ante la presión fraterna, no sin antes desarrollar un plan con sus hijas.
Bajo los auspicios de Atenea, se acuerda el matrimonio, pero las Danaides son aleccionadas para que en la noche de bodas claven un alfiler en el corazón de sus esposos para después degollarlos. Y así lo hacen. Todas menos una, la mayor de todas, Hipermenstra, que se enamora de su esposo y primo Linceo, al que perdona la vida y ayuda a huir, pues ha respetado su virginidad.
Al conocerse los hechos, las 49 matricidas son perdonadas por Zeus, gracias a la intercesión de Atenea, ya que no han hecho otra cosa que obedecer a su padre, mientras que Hipermenstra es juzgada públicamente. Sin embargo, el pueblo la absuelve de la pena, esta vez por mediación de Afrodita, que se ve conmovida por el amor de los jóvenes.
Las Hermanas, vivirán su vida tranquilas. Sin embargo, a la muerte de estas cambiarán las tornas. Una vez de en mundo de los muertos, el reino de Hades, donde el es la máxima autoridad, su crimen ya no queda impune, el dios subterráneo las condenará por asesinas, y su castigo eterno será rellenar una vasija constantemente pues esta pierde agua por la panza.
Hipermenstra, por su parte, será enviada a los Campos Eliseos junto a su esposo Linceo, pues el matrimonio se permitió al fin, pues la vida de ambos fue justa. [1]
[1] Las suplicantes, Esquilo
PROMETEO 2009

PROMETEO:
-Adora, implora, adula siempre al que manda. En cuanto a mí,
nada se me da de Zeus y aun menos que nada. Que obre y reine
a su gusto lo que dure esta corta tregua, que no tardará en dejar
de ser el dueño de los dioses. Pero veo acercarse al mensajero de
Zeus, al servidor del joven tirano. No hay duda que viene a
anunciarnos cosas nuevas. (HERMES, llevado por sus sandalias aladas,
llega volando hasta PROMETEO.)
HERMES:
-A ti, hábil embaucador, espíritu de hiel, ofensor de los dioses,
que has librado a los efímeros sus privilegios, a ti, ladrón del fuego,
me dirijo. Mi padre te ordena que hables, que declares cuáles son
estas bodas que agitas como un espantajo y por quién debe
ser él derribado del poder. Habla y hazlo sin enigmas; explícalo
con todo detalle y no me obligues a volver, Prometeo. No es así
como se aplaca a Zeus.
PROMETEO:
-¡Has hablado en verdad solemnemente y en un tono lleno de
soberbia, como conviene a un lacayo de los dioses! Jóvenes sois y
joven es el poder que ejercéis, y creéis habitar un castillo inaccesible
al dolor. Sin embargo, yo he visto ya arrojar de él a dos monarcas.
Al tercero, al que reina hoy, han de verlo también mis ojos
derribado, con mayor violencia aún y con mayor ignominia. Ya
puedes ver, pues, que no temo ni tiemblo de terror ante los nuevos
dioses. Antes estoy muy lejos de ello. Ve, pues, apresúrate y desanda
el camino que ha traído hasta aquí. Nada has de saber de lo que
me preguntas.
HERMES:
-Estas arrogancias te han sumido en el abismo de este sufrimiento.
No lo olvides.
PROMETEO:
-Por nada del mundo trocaría mi dolor por tu servilismo. ¡Mejor
quiero verme sujeto a esta roca que ser dócil mensajero de Zeus,
padre de los dioses! ¡Justo es que a la soberbia con la soberbia se
conteste!
HERMES:
-Paréceme que te envaneces de la suerte que te has atraído.
PROMETEO:
-¡Envanecerme! Vea yo a mis enemigos envanecerse así, y a ti
entre ellos.
HERMES:
-¿También a mí me culpas de tus desgracias?
PROMETEO:
-Si he de hablar con franqueza, te diré que odio a todos los dioses;
los colmé de favores, y en pago me dan un tratamiento inicuo.
HERMES:
-Tu razón se extravía. Estás enfermo.
PROMETEO:
-Bendita enfermedad, si es enfermedad odiar a nuestros enemigos.
HERMES:
-Triunfante hubieses sido intolerable.
PROMETEO:
-¡Ay, ay de mí!
HERMES:
-He aquí una exclamación que Zeus desconoce.
PROMETEO:
-Nada hay que no enseñe el tiempo, a medida que envejecemos.
HERMES:
-Y, sin embargo, tú no has aprendido aún a ser prudente.[1]
[1] Esquilo. Prometeo encadenado. Biblioteca virtual Cervantes
DÉDALO 2009

Dédalo e Ícaro
Dédalo entre tanto, por Creta y su largo exilio
lleno de odio, y tocado por el amor de su lugar natal,
encerrado estaba en el piélago. «Aunque tierras», dice, «y ondas 185
me oponga, mas el cielo ciertamente se abre; iremos por allá.
Todo que posea, no posee el aire Minos».
Dijo y su ánimo remite a unas ignotas artes
y la naturaleza innova. Pues pone en orden unas plumas,
por la menor empezadas, a una larga una más breve siguiendo, 190
de modo que en pendiente que habían crecido pienses: así la rústica fístula
un día paulatinamente surge, con sus dispares avenas.
Luego con lino las de en medio, con ceras aliga las de más abajo,
y así, compuestas en una pequeña curvatura, las dobla
para que a verdaderas aves imite. El niño Ícaro a una 195
estaba, e ignorando que trataban sus propios peligros,
ora con cara brillante, las que la vagarosa aura había movido,
intentaba apoderarse de esas plumas, ora la flava cera con el pulgar
mullía, y con el juego suyo la admirable obra
de su padre impedía. Después que la mano última a su empresa 200
impuesto se hubo, su artesano balanceó en sus gemelas alas
su propio cuerpo, y en el aura por él movida quedó suspendido.
Instruye también a su nacido y: «Por la mitad de la senda que corras,
Ícaro», dice, «te advierto, para que no, si más abatido irás,
la onda grave tus plumas, si más elevado, el fuego las abrase. 205
Entre lo uno y lo otro vuela, y que no mires el Boyero
o la Ursa te mando, y la empuñada de Orión espada.
Conmigo de guía coge el camino». Al par los preceptos del volar
le entrega y desconocidas para sus hombros le acomoda las alas.
Entre esta obra y los consejos, su mejillas se mojaron de anciano, 210
y sus manos paternas le temblaron. Dio unos besos al nacido suyo
que de nuevo no había de repetir, y con sus alas elevado
delante vuela y por su acompañante teme, como la pájara que desde el alto,
a su tierna prole ha empujado a los aires, del nido,
y les exhorta a seguirla e instruye en las dañinas artes. 215
También mueve él las suyas, y las alas de su nacido se vuelve para mirar.
A ellos alguno, mientras intenta capturar con su trémula caña unos peces,
o un pastor con su cayado, o en su esteva apoyado un arador,
los vio y quedó suspendido, y los que el éter coger podían
creyó que eran dioses. Y ya la junonia Samos 220
por la izquierda parte -habían sido Delos y Paros abandonadas-,
diestra Lebinto estaba, y fecunda en miel Calimna,
cuando el niño empezó a gozar de una audaz voladura
y abandonó a su guía y por el deseo de cielo arrastrado
más alto hizo su camino: del robador sol la vecindad 225
mulló-de las plumas sujeción- las perfumadas ceras.
Se habían deshecho esas ceras. Desnudos agita el los brazos,
y de remeros carente, no percibe auras algunas
y su boca, el paterno nombre gritando, azul
la recoge un agua que el nombre saca de él. 230
Mas el padre infeliz, y no ya padre: «¡Ícaro!», dijo,
«¡Ícaro!», dijo, «¿Dónde estás? ¿Por qué región a ti he de buscarte?
¡Ícaro!», decía. Las plumas divisó en las ondas,
y maldijo sus propias artes, y su cuerpo en un sepulcro
encerró, también tierra por el nombre dicha del sepultado. 235
ARACNE 2009

Aracne
Había prestado a relatos tales la Tritonia oídos,
y las canciones de las Aónides y su justa ira había aprobado.
Entonces, entre sí: «Alabar poco es: seamos alabadas también nos misma
y los númenes nuestros que sean despreciados sin castigo no permitamos».
Y de la meonia Aracne a los hados su ánimo dirige, 5
la cual, que a ella no cedía en sus alabanzas en el arte de hacer la lana,
había oído. No ella por su lugar ni por el origen de su familia
ilustre, sino por su arte fue; el padre suyo, el colofonio Idmón,
con focaico múrice teñía las bebedoras lanas;
había muerto su madre, pero también ella de la plebe, a su marido 10
igual, había sido; aun así ella por las lidias ciudades
se había buscado con su ejercicio un nombre memorable, aunque
surgida de una casa pequeña, y en la pequeña habitaba Hipepa.
De ella la obra admirable para contemplar, a menudo
abandonaron las ninfas los viñedos de su Timolo, 15
abandonaron las ninfas Pactólides sus propias aguas.
Y no hechos sólo los vestidos contemplar agradaba;
entonces también, mientras se hacían: tanto decor acompañaba a su arte,
bien si la ruda lana aglomeraba en los primeros círculos
o ya si con los dedos hacía subir la obra y, buscados largo trecho, 20
unos vellones ablandaba que igualaban a las nubes,
o si con ligero pulgar giraba el pulido huso,
o si cosía a aguja; la sabrías por Palas instruida,
lo cual, aun así, ella niega, y de tan gran maestra ofendida:
«Compita», dice, «conmigo: nada hay que yo vencida rehúse». 25
Palas una vieja simula, y falsas canas en las sienes
se añade y unos infirmes miembros con un bastón también sostiene.
Entonces así comenzó a hablar: «No todas las cosas la más avanzada edad
que debamos huir tiene; viene la experiencia de los tardíos años.
El consejo no desprecia mío. Tú la fama has de buscar 30
máxima de hacer entre los mortales lana;
cede ante la diosa y perdón por tus palabras, temeraria,
con suplicante voz ruega; su perdón dará ella a quien lo ruega».
La contempla a ella, y con torvo semblante los emprendidos hilos deja
y apenas su mano conteniendo y confesando en tal semblante su ira 35
con tales palabras replicó a la oscura Palas:
«De tu razón privada y por tu larga vejez vienes acabada,
y demasiado largo tiempo haber vivido te hace mal. Las oiga,
si tú una nuera tienes, si tienes tú una hija, esas palabras.
Consejo bastante tengo en mí yo, y advirtiéndome 40
útil haberme sido no creas: la misma es la opinión nuestra.
¿Por qué no ella misma viene? ¿Por qué estos certámenes evita?».
Entonces la diosa: «Ha venido», dice, y de su figura se despojó de vieja
y a Palas exhibió. Reverencian sus númenes las ninfas
y las migdónides nueras; sola quedó no aterrada esta virgen, 45
pero aun así se sonrojó y, súbito, su involuntaria cara
señaló un rubor, y de nuevo se desvaneció, como suele el aire
purpúreo hacerse en cuanto la Aurora se mueve,
y breve tiempo después encandecerse, del sol al nacimiento.
Persiste en su empresa y de una estúpida palma por el deseo 50
a sus propios hados se lanza, pues tampoco de Júpiter la nacida rehúsa
ni le advierte más allá ni ya los certámenes difiere.
Sin demora se colocan en opuestas partes ambas
y con grácil urdimbre tensan parejas telas:
la tela al yugo unido se ha, la caña divide la urdimbre, 55
se insertan en mitad de la trama los radios agudos,
la cual los dedos desenredan y, entre las urdimbres metida,
los entallados dientes la nivelan del peine al golpear.
Ambas se apresuran y, ceñidos al pecho sus vestidos,
sus brazos doctos mueven mientras el celo engaña a la fatiga. 60
Por allí, esa púrpura que sintió al caldero tirio
se teje, y también tenues sombras de pequeño matiz,
cual suele el Arco, los soles por la lluvia al ser atravesados,
manchar con su ingente curvatura el largo cielo,
en el cual, diversos aunque brillen mil colores, 65
su tránsito mismo, aun así, a los ojos que lo contemplan engaña:
hasta tal punto los que se tocan lo mismo son, sin embargo los últimos distan.
Por allí también dúctil en los hilos se entremete el oro,
y un viejo argumento a las telas se lleva.
Palas la peña de Marte en el cecropio recinto 70
pinta, y la antigua lid sobre el nombre de esa tierra.
Una docena de celestiales, con Júpiter en medio, en sus sedes altas
con augusta gravedad están sentados; su faz a cada uno
de los dioses lo inscribe: la de Júpiter es una regia imagen;
apostado hace que el dios del piélago esté, y que con su largo 75
tridente hiera unas ásperas rocas y que de la mitad de la herida de la roca
brote un estrecho, prenda con la que pueda reclamar la ciudad;
mas a sí misma se da el escudo, se da de aguda cúspide el astil,
se da la gálea para su cabeza, se defiende con la égida el pecho,
y, golpeada de su cúspide, simula que la tierra 80
produce, con sus bayas, la cría de la caneciente oliva,
y que lo admiran los dioses; de su obra la Victoria es el fin.
Aun así, para que con ejemplos entienda la émula de su gloria
qué premio ha de esperar por una osadía tan de una furia,
por sus cuatro partes certámenes cuatro añade, 85
claros por el color suyo, por sus breves figurillas distinguidas.
A la tracia Ródope contiene el ángulo uno, y a su Hemo,
ahora helados montes, mortales cuerpos un día,
que los nombres de los supremos dioses a sí mismos se atribuyeron.
La otra parte tiene el hado lamentable de la pigmea 90
madre; a ella Juno, vencida en certamen, le mandó
ser grulla y a los pueblos suyos declarar la guerra.
Pintó también a Antígona, la que osó contender un día
con la consorte del gran Júpiter, a la cual la regia Juno
en ave convirtió, y no le fue de provecho Ilión a ella, 95
o Laomedonte su padre, para que, cándida con sus adoptadas alas,
no a sí misma se aplauda ella, con su crepitante pico, la cigüeña.
El que queda único, a Cíniras tiene ese ángulo, huérfano,
y él, los peldaños del templo -de las nacidas suyas los miembros-
abrazando y en esta roca yacente, llorar parece. 100
Rodea las extremas orillas con olivos de la paz
-esta la medida justa es- y de la obra suya hace con su árbol el término.
La Meónide a la engañada representa por la imagen de un toro,
a Europa. Verdadero el toro, los estrechos verdaderos creerías.
Ella misma parecía las tierras abandonadas contemplar 105
y a sus acompañantes clamar y el contacto temer
del agua que hacia ella saltaba y sus temerosas plantas querer retornar.
Hizo también que Asterie por un águila luchadora fuera sostenida,
hizo que de un cisne Leda se acostara bajo las alas.
Añadió cómo de un sátiro escondido en la imagen, a la bella 110
Nicteide Júpiter llenara de un gemelo parto,
Anfitrión fuera cuando a ti, Tirintia, te cautivó,
cómo áureo a Dánae, a la Esópide engañara siendo fuego,
a Mnemósine pastor, a la Deoide variegada serpiente.
A ti también, mutado, Neptuno, en torvo novillo, 115
en la virgen eolia te puso; tú pareciendo Enipeo
engendras a los Aloidas, carnero a la Bisáltide engañas,
y la flava de cabellos, de los frutos la suavísima madre,
te sintió caballo, te sintió volador la de melena de culebras,
madre del caballo volador, te sintió delfín Melanto. 120
A todos estos la faz suya y la faz de sus lugares
devolvió. Está allí, agreste en su imagen Febo,
y cómo ora de azor alas, ora lomos de león
llevara, cómo de pastor a la Macareide Ise burlara,
cómo Líber a Erígone con falsa uva engañara, 125
cómo Saturno de caballo al geminado Quirón creó.
La última parte de la tela, circundada por un tenue limbo,
con néxiles hiedras contiene flores entretejidas.
No en ésta Palas, no en esta obra la Envidia
podría cebarse: se dolió de su éxito la flava guerrera 130
y rompió las pintadas -celestiales delitos- vestes,
y tal como el radio del citoríaco monte sostenía,
tres, cuatro veces la frente golpeó de la Idmonia Aracne.
No lo soportó la infeliz y con un lazo, ardida, se ligó
su garganta: a la que así colgaba, Palas compadecida la alivió 135
y así: «Vive pues, pero cuelga, aun así, malvada» dijo,
«y esta ley misma de tu castigo, para que no estés libre de inquietud en el futuro,
declarada para tu descendencia y tus tardíos nietos sea».
Después de eso, cuando se marchaba, con jugos de la hierba de Hécate
la asperjó: y al instante, por la triste droga tocados, 140
se derramaron sus pelos, con los cuales también su nariz y sus orejas,
y se hace su cabeza mínima; en todo su cuerpo también pequeña es,
en su costado sus descarnados dedos, en vez de piernas se adhieren,
el resto el vientre lo ocupa, del cual, aun así, ella remite
una urdimbre y sus antiguas telas trabaja, la araña. 145 [1]
[1] Ovidio. Metamorfosis. Libro sexto. Biblioteca virtual Cervantes
Narciso 2009
irreprochables daba al pueblo que las pedía sus respuestas. 340
La primera, de su voz, por su cumplimiento ratificada, hizo la comprobación
la azul Liríope, a la que un día en su corriente curva
estrechó, y encerrada el Cefiso en sus ondas
fuerza le hizo. Expulsó de su útero pleno bellísima
un pequeño la ninfa, ya entonces que podría ser amado, 345
y Narciso lo llama, del cual consultado si habría
los tiempos largos de ver de una madura senectud,
el fatídico vate: «Si a sí no se conociera», dijo.
Vana largo tiempo parecióle la voz del augur: el resultado a ella,
y la realidad, la hace buena, y de su muerte el género, y la novedad de su furor. 350
Pues a su tercer quinquenio un año el Cefisio
había añadido y pudiera un muchacho como un joven parecer.
Muchos jóvenes a él, muchas muchachas lo desearon.
Pero -hubo en su tierna hermosura tan dura soberbia-
ninguno a él, de los jóvenes, ninguna lo conmovió, de las muchachas. 355
Lo contempla a él, cuando temblorosos azuzaba a las redes a unos ciervos,
la vocal nifa, la que ni a callar ante quien habla,
ni primero ella a hablar había aprendido, la resonante Eco.
Un cuerpo todavía Eco, no voz era, y aun así, un uso,
gárrula, no distinto de su boca que ahora tiene tenía: 360
La primera, de su voz, por su cumplimiento ratificada, hizo la comprobación
la azul Liríope, a la que un día en su corriente curva
estrechó, y encerrada el Cefiso en sus ondas
fuerza le hizo. Expulsó de su útero pleno bellísima
un pequeño la ninfa, ya entonces que podría ser amado, 345
y Narciso lo llama, del cual consultado si habría
los tiempos largos de ver de una madura senectud,
el fatídico vate: «Si a sí no se conociera», dijo.
Vana largo tiempo parecióle la voz del augur: el resultado a ella,
y la realidad, la hace buena, y de su muerte el género, y la novedad de su furor. 350
Pues a su tercer quinquenio un año el Cefisio
había añadido y pudiera un muchacho como un joven parecer.
Muchos jóvenes a él, muchas muchachas lo desearon.
Pero -hubo en su tierna hermosura tan dura soberbia-
ninguno a él, de los jóvenes, ninguna lo conmovió, de las muchachas. 355
Lo contempla a él, cuando temblorosos azuzaba a las redes a unos ciervos,
la vocal nifa, la que ni a callar ante quien habla,
ni primero ella a hablar había aprendido, la resonante Eco.
Un cuerpo todavía Eco, no voz era, y aun así, un uso,
gárrula, no distinto de su boca que ahora tiene tenía: 360
que devolver, de las muchas, las palabras postreras pudiese.
Había hecho esto Juno, porque, cuando sorpender pudiese
bajo el Júpiter suyo muchas veces a ninfas en el monte yaciendo,
ella a la diosa, prudente, con un largo discurso retenía
mientras huyeran las ninfas. Después de que esto la Saturnia sintió: 365
«De esa», dice, «lengua, por la que he sido burlada, una potestad
pequeña a ti se te dará y de la voz brevísimo uso».
Y con la realidad las amenazas confirma; aun así ella, en el final del hablar,
gemina las voces y las oídas palabras reporta.
Así pues, cuando a Narciso, que por desviados campos vagaba, 370
vio y se encendió, sigue sus huellas furtivamente,
y mientras más le sigue, con una llama más cercana se enciende,
no de otro modo que cuando, untados en lo alto de las teas,
a ellos acercadas, arrebatan los vivaces azufres las llamas.
Oh cuántas veces quiso con blandas palabras acercársele 375
y dirigirle tiernas súplicas. Su naturaleza en contra pugna,
y no permite que empiece; pero, lo que permite, ella dispuesta está
a esperar sonidos a los que sus palabras remita.
Por azar el muchacho, del grupo fiel de sus compañeros apartado
había dicho: «¿Alguien hay?», y «hay», había respondido Eco. 380
Él quédase suspendido y cuando su penetrante vista a todas partes dirige,
con voz grande: «Ven», clama; llama ella a aquel que llama.
Vuelve la vista y, de nuevo, nadie al venir: «¿Por qué», dice,
«me huyes?», y tantas, cuantas dijo, palabras recibe.
Persiste y, engañado de la alterna voz por la imagen: 385
«Aquí unámonos», dice, y ella, que con más gusto nunca
respondería a ningún sonido: «Unámonos», respondió Eco,
Había hecho esto Juno, porque, cuando sorpender pudiese
bajo el Júpiter suyo muchas veces a ninfas en el monte yaciendo,
ella a la diosa, prudente, con un largo discurso retenía
mientras huyeran las ninfas. Después de que esto la Saturnia sintió: 365
«De esa», dice, «lengua, por la que he sido burlada, una potestad
pequeña a ti se te dará y de la voz brevísimo uso».
Y con la realidad las amenazas confirma; aun así ella, en el final del hablar,
gemina las voces y las oídas palabras reporta.
Así pues, cuando a Narciso, que por desviados campos vagaba, 370
vio y se encendió, sigue sus huellas furtivamente,
y mientras más le sigue, con una llama más cercana se enciende,
no de otro modo que cuando, untados en lo alto de las teas,
a ellos acercadas, arrebatan los vivaces azufres las llamas.
Oh cuántas veces quiso con blandas palabras acercársele 375
y dirigirle tiernas súplicas. Su naturaleza en contra pugna,
y no permite que empiece; pero, lo que permite, ella dispuesta está
a esperar sonidos a los que sus palabras remita.
Por azar el muchacho, del grupo fiel de sus compañeros apartado
había dicho: «¿Alguien hay?», y «hay», había respondido Eco. 380
Él quédase suspendido y cuando su penetrante vista a todas partes dirige,
con voz grande: «Ven», clama; llama ella a aquel que llama.
Vuelve la vista y, de nuevo, nadie al venir: «¿Por qué», dice,
«me huyes?», y tantas, cuantas dijo, palabras recibe.
Persiste y, engañado de la alterna voz por la imagen: 385
«Aquí unámonos», dice, y ella, que con más gusto nunca
respondería a ningún sonido: «Unámonos», respondió Eco,
y las palabras secunda ella suyas, y saliendo del bosque
caminaba para echar sus brazos al esperado cuello.
Él huye, y al huir: «¡Tus manos de mis abrazos quita! 390
caminaba para echar sus brazos al esperado cuello.
Él huye, y al huir: «¡Tus manos de mis abrazos quita! 390
Antes», dice, «pereceré, de que tú dispongas de nos».
Repite ella nada sino: «tú dispongas de nos».
Despreciada se esconde en las espesuras, y pudibunda con frondas su cara
protege, y solas desde aquello vive en las cavernas.
Pero, aun así, prendido tiene el amor, y crece por el dolor del rechazo, 395
y atenúan, vigilantes, su cuerpo desgraciado las ansias,
y contrae su piel la delgadez y al aire el jugo
todo de su cuerpo se marcha; voz tan solo y huesos restan:
la voz queda, los huesos cuentan que de la piedra cogieron la figura.
Desde entonces se esconde en las espesuras y por nadie en el monte es vista, 400
por todos oída es: el sonido es el que vive en ella.
Así a ésta, así a las otras, ninfas en las ondas o en los montes
originadas, había burlado él, así las uniones antes masculinas.
De ahí las manos uno, desdeñado, al éter levantando:
«Que así aunque ame él, así no posea lo que ha amado». 405
Había dicho. Asintió a esas súplicas la Ramnusia, justas.
Un manantial había impoluto, de nítidas ondas argénteo,
que ni los pastores ni sus cabritas pastadas en el monte
habían tocado, u otro ganado, que ningún ave
ni fiera había turbado ni caída de su árbol una rama; 410
grama había alrededor, a la que el próximo humor alimentaba,
y una espesura que no había de tolerar que este lugar se templara por sol alguno.
Aquí el muchacho, del esfuerzo de cazar cansado y del calor,
se postró, por la belleza del lugar y por el manantial llevado,
y mientras su sed sedar desea, sed otra le creció, 415
y mientras bebe, al verla, arrebatado por la imagen de su hermosura,
una esperanza sin cuerpo ama: cuerpo cree ser lo que onda es.
Quédase suspendido él de sí mismo y, inmóvil con el rostro mismo,
queda prendido, como de pario mármol formada una estatua.
Contempla, en el suelo echado, una geminada -sus luces- estrella, 420
Repite ella nada sino: «tú dispongas de nos».
Despreciada se esconde en las espesuras, y pudibunda con frondas su cara
protege, y solas desde aquello vive en las cavernas.
Pero, aun así, prendido tiene el amor, y crece por el dolor del rechazo, 395
y atenúan, vigilantes, su cuerpo desgraciado las ansias,
y contrae su piel la delgadez y al aire el jugo
todo de su cuerpo se marcha; voz tan solo y huesos restan:
la voz queda, los huesos cuentan que de la piedra cogieron la figura.
Desde entonces se esconde en las espesuras y por nadie en el monte es vista, 400
por todos oída es: el sonido es el que vive en ella.
Así a ésta, así a las otras, ninfas en las ondas o en los montes
originadas, había burlado él, así las uniones antes masculinas.
De ahí las manos uno, desdeñado, al éter levantando:
«Que así aunque ame él, así no posea lo que ha amado». 405
Había dicho. Asintió a esas súplicas la Ramnusia, justas.
Un manantial había impoluto, de nítidas ondas argénteo,
que ni los pastores ni sus cabritas pastadas en el monte
habían tocado, u otro ganado, que ningún ave
ni fiera había turbado ni caída de su árbol una rama; 410
grama había alrededor, a la que el próximo humor alimentaba,
y una espesura que no había de tolerar que este lugar se templara por sol alguno.
Aquí el muchacho, del esfuerzo de cazar cansado y del calor,
se postró, por la belleza del lugar y por el manantial llevado,
y mientras su sed sedar desea, sed otra le creció, 415
y mientras bebe, al verla, arrebatado por la imagen de su hermosura,
una esperanza sin cuerpo ama: cuerpo cree ser lo que onda es.
Quédase suspendido él de sí mismo y, inmóvil con el rostro mismo,
queda prendido, como de pario mármol formada una estatua.
Contempla, en el suelo echado, una geminada -sus luces- estrella, 420
y dignos de Baco, dignos también de Apolo unos cabellos,
y unas impúberas mejillas, y el marfileño cuello, y el decor
de la boca y en el níveo candor mezclado un rubor,
y todas las cosas admira por las que es admirable él.
A sí se desea, imprudente, y el que aprueba, él mismo apruébase, 425
y mientras busca búscase, y al par enciende y arde.
Cuántas veces, inútiles, dio besos al falaz manantial.
En mitad de ellas visto, cuántas veces sus brazos que coger intentaban
su cuello sumergió en las aguas, y no se atrapó en ellas.
Qué vea no sabe, pero lo que ve, se abrasa en ello, 430
y a sus ojos el mismo error que los engaña los incita.
Crédulo, ¿por qué en vano unas apariencias fugaces coger intentas?
Lo que buscas está en ninguna parte, lo que amas, vuélvete: lo pierdes.
Ésa que ves, de una reverberada imagen la sombra es:
nada tiene ella de sí. Contigo llega y se queda, 435
y unas impúberas mejillas, y el marfileño cuello, y el decor
de la boca y en el níveo candor mezclado un rubor,
y todas las cosas admira por las que es admirable él.
A sí se desea, imprudente, y el que aprueba, él mismo apruébase, 425
y mientras busca búscase, y al par enciende y arde.
Cuántas veces, inútiles, dio besos al falaz manantial.
En mitad de ellas visto, cuántas veces sus brazos que coger intentaban
su cuello sumergió en las aguas, y no se atrapó en ellas.
Qué vea no sabe, pero lo que ve, se abrasa en ello, 430
y a sus ojos el mismo error que los engaña los incita.
Crédulo, ¿por qué en vano unas apariencias fugaces coger intentas?
Lo que buscas está en ninguna parte, lo que amas, vuélvete: lo pierdes.
Ésa que ves, de una reverberada imagen la sombra es:
nada tiene ella de sí. Contigo llega y se queda, 435
contigo se retirará, si tú retirarte puedas.
No a él de Ceres, no a él cuidado de descanso
abstraerlo de ahí puede, sino que en la opaca hierba derramado
contempla con no colmada luz la mendaz forma
y por los ojos muere él suyos, y un poco alzándose, 440
a las circunstantes espesuras tendiendo sus brazos:
«¿Es que alguien, io espesuras, más cruelmente», dijo, «ha amado?
Pues lo sabéis, y para muchos guaridas oportunas fuisteis.
¿Es que a alguien, cuando de la vida vuestra tantos siglos pasan,
que así se consumiera, recordáis, en el largo tiempo? 445
Me place, y lo veo, pero lo que veo y me place,
no, aun así, hallo: tan gran error tiene al amante.
Y por que más yo duela, no a nosotros un mar separa ingente,
ni una ruta, ni montañas, ni murallas de cerradas puertas.
Exigua nos prohíbe un agua. Desea él tenido ser, 450
pues cuantas veces, fluentes, hemos acercado besos a las linfas,
él tantas veces hacia mí, vuelta hacia arriba, se afana con su boca.
Que puede tocarse creerías: mínimo es lo que a los amantes obsta.
Quien quiera que eres, aquí sal, ¿por qué, muchacho único, me engañas,
o a dónde, buscado, marchas? Ciertamente ni una figura ni una edad 455
es la mía de la que huyas, y me amaron a mí también ninfas.
Una esperanza no sé cuál con rostro prometes amigo,
y cuando yo he acercado a ti los brazos, los acercas de grado,
cuando he reído sonríes; lágrimas también a menudo he notado
yo al llorar tuyas; asintiendo también señas remites 460
y, cuanto por el movimiento de tu hermosa boca sospecho,
palabras contestas que a los oídos no llegan nuestros…
Éste yo soy. Lo he sentido, y no me engaña a mí imagen mía:
me abraso en amor de mí, llamas muevo y llamas llevo.
¿Qué he de hacer? ¿Sea yo rogado o ruegue? ¿Qué desde ahora rogaré? 465
palabras contestas que a los oídos no llegan nuestros…
Éste yo soy. Lo he sentido, y no me engaña a mí imagen mía:
me abraso en amor de mí, llamas muevo y llamas llevo.
¿Qué he de hacer? ¿Sea yo rogado o ruegue? ¿Qué desde ahora rogaré? 465
Lo que deseo conmigo está: pobre a mí mi provisión me hace.
Oh, ojalá de nuestro cuerpo separarme yo pudiera,
voto en un amante nuevo: quisiera que lo que amamos estuviera ausente…
Y ya el dolor de fuerzas me priva y no tiempos a la vida
mía largos restan, y en lo primero me extingo de mi tiempo, 470
y no para mí la muerte grave es, que he de dejar con la muerte los dolores.
Éste, el que es querido, quisiera más duradero fuese.
Ahora dos, concordes, en un aliento moriremos solo».
Dijo, y al rostro mismo regresó, mal sano,
y con lágrimas turbó las aguas, y oscura, movido 475
el lago, le devolvió su figura, la cual como viese marcharse:
«¿A dónde rehúyes? Quédate y no a mí, cruel, tu amante,
Éste, el que es querido, quisiera más duradero fuese.
Ahora dos, concordes, en un aliento moriremos solo».
Dijo, y al rostro mismo regresó, mal sano,
y con lágrimas turbó las aguas, y oscura, movido 475
el lago, le devolvió su figura, la cual como viese marcharse:
«¿A dónde rehúyes? Quédate y no a mí, cruel, tu amante,
me abandona», clamó. «Pueda yo, lo que tocar no es,
contemplar, y a mi desgraciado furor dar alimento».
Y mientras se duele, la ropa se sacó arriba desde la orilla 480
contemplar, y a mi desgraciado furor dar alimento».
Y mientras se duele, la ropa se sacó arriba desde la orilla 480
y con marmóreas palmas se sacudió su desnudo pecho.
Su pecho sacó, sacudido, de rosa un rubor,
no de otro modo que las frutas suelen, que, cándidas en parte,
en parte rojean, o como suele la uva en los varios racimos
llevar purpúreo, todavía no madura, un color. 485
Lo cual una vez contempló, transparente de nuevo, en la onda,
no lo soportó más allá, sino como consumirse, flavas,
con un fuego leve las ceras, y las matutinas escarchas,
el sol al templarlas, suelen, así, atenuado por el amor,
se diluye y poco a poco cárpese por su tapado fuego, 490
y ni ya su color es el de, mezclado al rubor, candor,
ni su vigor y sus fuerzas, y lo que ahora poco visto complacía,
ni tampoco su cuerpo queda, un día el que amara Eco.
La cual, aun así, cuando lo vio, aunque airada y memoriosa,
hondo se dolió, y cuantas veces el muchacho desgraciado: «Ahay», 495
había dicho, ella con resonantes voces iteraba, «ahay».
Y cuando con las manos se había sacudido él los brazos suyos,
ella también devolvía ese sonido, de golpe de duelo, mismo.
La última voz fue ésta del que se contemplaba en la acostumbrada onda:
«Ay, en vano querido muchacho», y tantas otras palabras 500
remitió el lugar, y díchose adiós, «adiós» dice también Eco.
Él su cabeza cansada en la verde hierba abajó,
sus luces la muerte cerró, que admiraban de su dueño la figura.
Entonces también, a sí, después que fue en la infierna sede recibido,
en la estigia agua se contemplaba. En duelo se golpearon sus hermanas 505
las Náyades, y a su hermano depositaron sus cortados cabellos,
en duelo se golpearon las Dríades: sus golpes asuena Eco.
Y ya la pira y las agitadas antorchas y el féretro preparaban:
en ninguna parte el cuerpo estaba; zafranada, en vez de cuerpo, una flor
encuentran, a la que hojas en su mitad ceñían blancas. 510 [1]
[1]Ovidio. Metamorfosis. Libro segundo. Biblioteca virtual Cervantes
MITHOS
Los mitos son, en su origen, un medio para la explicación de diferentes fenómenos. En un principio, como en toda religión en un estadio temprano, se centran fundamentalmente en explicar los fenómenos naturales que resultan de difícil comprensión para el hombre del momento. Ahí tenemos a los dioses griegos más antiguos, como Zeus, Hera, Hestia, Demeter…. Que constituyen en realidad la personificación de la naturaleza. Sin embargo, cuando nos encontramos ante una sociedad más avanzada, y en el caso de la griega lo es, estos mitos, esta religión, se extiende al plano de lo humano. En los mitos encontramos respuestas, así como planteamientos para todas aquellas experiencias que nos puede plantear la vida. La mitología se convierte, por así decirlo, en un cuerpo donde se ven reflejadas todas las facetas del ser humano.
Y en concreto la griega, resulta sumamente interesante en este sentido, ya que es plenamente actual. Esto se debe, fundamentalmente a dos motivos. Obviamente, la mitología que mejor representaría a la sociedad occidental, y más en concreto a la mediterránea, que es a la que pertenezco, es la griega, pues es el origen de la misma, y este tipo de sustrato cultural es imposible de eludir. Sin embargo, bajo mi punto de vista el motivo más importante y creo que mucho más interesante, es sin duda el modo y los temas que desarrollan. No nos encontramos ante mitos ultra fantásticos que se convierten en biografías de los dioses que apenas atañen a los seres humanos, como podríamos ver en la mitología nórdica. Tampoco los mensajes que transmiten están al servicio del estado, articulando y justificando leyes, como es el caso de las sociedades mesopotámicas. Ni siquiera se sirve a si misma, como el caso de la católica, en la que sus propios mitos se centran fundamentalmente en auto reforzarse. Los mitos clásicos sirven al hombre, algo muy propio de una sociedad profundamente humanista. Por supuesto, encontramos en ella ejemplos de todo lo anterior, pero se articulan como fenómenos prácticamentente aislados, o secundarios a favor del motivo central del tema principal. No, en absoluto, los mitos clásicos son reflexiones, son planteamientos que analizan de forma metafórica y con una exquisita estética narrativa[1] al hombre. Las experiencias que refieren son generales, son inquietudes propias de la humanidad y que ahora son tan válidas como entonces, pues a pesar de cambiar el contexto, el hombre es el mismo. Seguimos teniendo celos, ansias de poder, nos seguimos enamorando, seguimos siendo amados y rechazados, seguimos viéndonos envueltos en esa suerte de vorágine del destino que parece conducirnos a un final sin que podamos hacer nada… es por ello que me interesa tremendamente el mito griego, pues da análisis y explicación a prácticamente todo. No importa si para conseguir riqueza uso una espada o un ordenador, el motor de la historia es el mismo, y el desarrollo similar.
Para encontrar respuestas sólo hay que mirar atentamente pues están ahí, esperando a ser escuchadas.
Estos mitos, estas historias, son una forma de conocimiento, probablemente mucho más antigua que cualquier otra. No son sino símbolos que nos representan aquellas inquietudes más profundas del género humano. Y es precisamente en el “símbolo” donde descansa toda su capacidad transmisora.
La palabra “símbolo” ha sufrido una degradación. Hoy en día, lo simbólico choca con el carácter cientificista de nuestra sociedad, que rechaza todo aquello que no puede ser estudiado desde un punto de vista objetivo, similar al de las ciencias naturales. Así, el símbolo se ha convertido en algo prácticamente esotérico, metafísico. O como Bertol Brecth dijo “ No podemos esperar mucho del simbolismo”.
Ahora que la herencia de los padres y las tradiciones ya no se respetan, los símbolos han perdido su sentido y parecen un testigo mudo de tiempos ya superados. Ya no vemos en el cielo estrellado la capa de la noche tachonada de diamantes, sólo el espacio infinito de nuestro universo sembrado de “masas de gas que irradian luz y calor”, ya no sentimos estremecimiento infantil con la fidelidad en el pecho[2]. De esta forma, se nos escapa el sentido profundo y trascendental que los símbolos han tenido hasta ahora.
Ese sentido es más importante que la simple superficie a la que apuntan, que la historia que cuentan; en los símbolos religiosos y artísticos encontramos un sentido determinado simultáneamente que apunta más allá de esta escena de sentido[3]. Y esto sí era entendido por todos hasta ahora. Los símbolos, son parte del mundo del pensamiento, que se manifiestan en el mundo físico a través de señales (signal), que son los iconos. Estos son los mensajeros de ideas profundas que afectan directamente al hombre. Los símbolos no son claros, todo lo contrario, son equívocos, pero son también necesarios cuando las palabras resultan insuficientes; son por lo tanto significantes en sí mismos. Claro está que dependiendo de la persona, las “palabras” de las que disponga serán más o menos. Es decir, si nos ubicamos en la Grecia antigua, la capacidad para comprender estas ideas abstractas de la que dispondría Platón, sería probablemente superior la de un campesino, y es en este momento en el que entran en juego los símbolos, pues mediante ellos, se hace accesible a todos. De este razonamiento extraemos, por tanto, que lo fundamental es la idea que respalda al símbolo, al que llegamos mediante iconos o señales. Pero si invertimos esta ecuación, nos queda que la señal es el primer estadio de la idea, están conectados, y así, no sólo representa a la idea, sino que la hace presenta a través de ella[4]. Y de esto se deriva que los símbolos y sus representaciones no se pueden inventar sin más ni más; son algo que viene dado y que tiene sus raíces en el colectivo, en la sociedad.
Por ejemplo, si pintamos un coche de un color u otro, no pierde ni gana significado. Pero si del color en si, ligado a determinadas propiedades, es de lo que hablamos, la cosa cambia. El rojo simboliza pasión, fuerza, amor, vida (también muerte)... y ya no puede ser sustituido por otro. Este hecho no se produce por que el rojo en si ostente esas propiedades, todo lo contrario, pues los colores cálidos, con toda la simbología que traen, son de menor carga energética que los fríos. No, las bases hay que buscarlas en otro sitio. Hay que buscarlas en la sociedad que las respalda. Sociedad de la cual somos miembros, y a la cual estamos ligados de forma indisoluble. En este sentido se puede hablar de cómo para la cultura occidental el negro es luto, tristeza y seriedad; mientras que para las sociedades orientales estas connotaciones las tiene el blanco
[1] No debemos olvidar que en la Grecia Clásica los valores artísticos se aplican exclusivamente a la narrativa.
[2] Goethe, Grenzen der Menscheit.
[3] Alois Halder, Symbol, El mensaje de los Símbolos
[4] Símbolo viene del griego “sin bolo”. Se utilizaba para designar unas tablillas de madera que se partían en una despedida, quedando cada uno con una parte. Para ellos, en su parte de la tablilla estaba, literalmente presente aquel que estaba lejos.
Y en concreto la griega, resulta sumamente interesante en este sentido, ya que es plenamente actual. Esto se debe, fundamentalmente a dos motivos. Obviamente, la mitología que mejor representaría a la sociedad occidental, y más en concreto a la mediterránea, que es a la que pertenezco, es la griega, pues es el origen de la misma, y este tipo de sustrato cultural es imposible de eludir. Sin embargo, bajo mi punto de vista el motivo más importante y creo que mucho más interesante, es sin duda el modo y los temas que desarrollan. No nos encontramos ante mitos ultra fantásticos que se convierten en biografías de los dioses que apenas atañen a los seres humanos, como podríamos ver en la mitología nórdica. Tampoco los mensajes que transmiten están al servicio del estado, articulando y justificando leyes, como es el caso de las sociedades mesopotámicas. Ni siquiera se sirve a si misma, como el caso de la católica, en la que sus propios mitos se centran fundamentalmente en auto reforzarse. Los mitos clásicos sirven al hombre, algo muy propio de una sociedad profundamente humanista. Por supuesto, encontramos en ella ejemplos de todo lo anterior, pero se articulan como fenómenos prácticamentente aislados, o secundarios a favor del motivo central del tema principal. No, en absoluto, los mitos clásicos son reflexiones, son planteamientos que analizan de forma metafórica y con una exquisita estética narrativa[1] al hombre. Las experiencias que refieren son generales, son inquietudes propias de la humanidad y que ahora son tan válidas como entonces, pues a pesar de cambiar el contexto, el hombre es el mismo. Seguimos teniendo celos, ansias de poder, nos seguimos enamorando, seguimos siendo amados y rechazados, seguimos viéndonos envueltos en esa suerte de vorágine del destino que parece conducirnos a un final sin que podamos hacer nada… es por ello que me interesa tremendamente el mito griego, pues da análisis y explicación a prácticamente todo. No importa si para conseguir riqueza uso una espada o un ordenador, el motor de la historia es el mismo, y el desarrollo similar.
Para encontrar respuestas sólo hay que mirar atentamente pues están ahí, esperando a ser escuchadas.
Estos mitos, estas historias, son una forma de conocimiento, probablemente mucho más antigua que cualquier otra. No son sino símbolos que nos representan aquellas inquietudes más profundas del género humano. Y es precisamente en el “símbolo” donde descansa toda su capacidad transmisora.
La palabra “símbolo” ha sufrido una degradación. Hoy en día, lo simbólico choca con el carácter cientificista de nuestra sociedad, que rechaza todo aquello que no puede ser estudiado desde un punto de vista objetivo, similar al de las ciencias naturales. Así, el símbolo se ha convertido en algo prácticamente esotérico, metafísico. O como Bertol Brecth dijo “ No podemos esperar mucho del simbolismo”.
Ahora que la herencia de los padres y las tradiciones ya no se respetan, los símbolos han perdido su sentido y parecen un testigo mudo de tiempos ya superados. Ya no vemos en el cielo estrellado la capa de la noche tachonada de diamantes, sólo el espacio infinito de nuestro universo sembrado de “masas de gas que irradian luz y calor”, ya no sentimos estremecimiento infantil con la fidelidad en el pecho[2]. De esta forma, se nos escapa el sentido profundo y trascendental que los símbolos han tenido hasta ahora.
Ese sentido es más importante que la simple superficie a la que apuntan, que la historia que cuentan; en los símbolos religiosos y artísticos encontramos un sentido determinado simultáneamente que apunta más allá de esta escena de sentido[3]. Y esto sí era entendido por todos hasta ahora. Los símbolos, son parte del mundo del pensamiento, que se manifiestan en el mundo físico a través de señales (signal), que son los iconos. Estos son los mensajeros de ideas profundas que afectan directamente al hombre. Los símbolos no son claros, todo lo contrario, son equívocos, pero son también necesarios cuando las palabras resultan insuficientes; son por lo tanto significantes en sí mismos. Claro está que dependiendo de la persona, las “palabras” de las que disponga serán más o menos. Es decir, si nos ubicamos en la Grecia antigua, la capacidad para comprender estas ideas abstractas de la que dispondría Platón, sería probablemente superior la de un campesino, y es en este momento en el que entran en juego los símbolos, pues mediante ellos, se hace accesible a todos. De este razonamiento extraemos, por tanto, que lo fundamental es la idea que respalda al símbolo, al que llegamos mediante iconos o señales. Pero si invertimos esta ecuación, nos queda que la señal es el primer estadio de la idea, están conectados, y así, no sólo representa a la idea, sino que la hace presenta a través de ella[4]. Y de esto se deriva que los símbolos y sus representaciones no se pueden inventar sin más ni más; son algo que viene dado y que tiene sus raíces en el colectivo, en la sociedad.
Por ejemplo, si pintamos un coche de un color u otro, no pierde ni gana significado. Pero si del color en si, ligado a determinadas propiedades, es de lo que hablamos, la cosa cambia. El rojo simboliza pasión, fuerza, amor, vida (también muerte)... y ya no puede ser sustituido por otro. Este hecho no se produce por que el rojo en si ostente esas propiedades, todo lo contrario, pues los colores cálidos, con toda la simbología que traen, son de menor carga energética que los fríos. No, las bases hay que buscarlas en otro sitio. Hay que buscarlas en la sociedad que las respalda. Sociedad de la cual somos miembros, y a la cual estamos ligados de forma indisoluble. En este sentido se puede hablar de cómo para la cultura occidental el negro es luto, tristeza y seriedad; mientras que para las sociedades orientales estas connotaciones las tiene el blanco
[1] No debemos olvidar que en la Grecia Clásica los valores artísticos se aplican exclusivamente a la narrativa.
[2] Goethe, Grenzen der Menscheit.
[3] Alois Halder, Symbol, El mensaje de los Símbolos
[4] Símbolo viene del griego “sin bolo”. Se utilizaba para designar unas tablillas de madera que se partían en una despedida, quedando cada uno con una parte. Para ellos, en su parte de la tablilla estaba, literalmente presente aquel que estaba lejos.
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